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Con mi querida amiga Vanessa en Londres hace muchos años atrás.

Este es un artículo co-escrito con mi buena amiga de infancia, Vanessa Restrepo.

Ivania: En marzo fue la última vez que escribí en mi blog y, también fue entonces, cuando me propuse varias metas para la cuarentena que, hasta la fecha, no he cumplido. En parte fue por falta de tiempo y atención porque surgió la oportunidad de un nuevo trabajo que me ha mantenido bastante ocupada y motivada. 

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Ocupada y feliz en cuarentena.

Además de nuestras propias metas personales, son las mismas redes sociales las que nos imponen y condicionan a pensar que este tiempo en casa (para aquellos que podemos practicar el teletrabajo) lo aprovechemos al máximo, ya sea aprendiendo un nuevo idioma, practicando nuevas posturas de yoga, consiguiendo un six pack, arreglando todos los closets y cajones de la casa o leyendo dos libros al día.

Con la actual coyuntura, la normalidad está temporalmente en hold y nuestro agitado ritmo de vida se ha visto reducido a una especie de gateo o arrastre lento. Hablando puntualmente de Colombia y a nivel local, el número de casos en mi ciudad no se ve muy bien y ya llevamos 3 meses “encerrados”. Se supone que ya deberíamos estar aplanando la curva y, por el contrario, los casos están en ascenso todos los días. Aunque he tratado de eludir las noticias alarmantes y los mensajes en cadena de Whatsapp, es inevitable no sentirse afectado por todo esto. 

Yo por mi parte he tratado de aprovechar esta desaceleración como un tiempo para recuperar, organizar mis finanzas personales, rebotar ideas de proyectos a futuro, aprender a hacer mi nuevo trabajo a un ritmo más pausado, lograr un balance y planear aunque luzca difícil. Más que planear, ha sido cancelar temas pendientes como viajes y reservaciones en hoteles que había proyectado para mi cumpleaños y las vacaciones de mitad de año. 

Quizás lo más positivo de todo esto para mí ha sido la bendición de poder trabajar y producir desde casa. Mis días son bastante movidos y a veces siento que tengo que hacer magia para poder lograr estar concentrada y sentada durante llamadas de zoom de hora y media y dos horas cuando hay toda una casa funcionando al otro lado de la puerta y un niño de 6 años que reclama mi presencia la mayoría del tiempo, pero percibo en mí un sentido innato de calma, como resultado de la paciencia que puedo lograr tener en estos momentos, ya que no pierdo tiempo arreglándome tanto o en los traslados de un sitio a otro – y puedo utilizarlo para estar más tiempo con mi hijo, trabajar más relajadamente, hacer ejercicio o dormir más horas.

La actividad social puede ser algo que muchos extrañamos. He padecido el distanciamiento de mis amigos y compañeros de trabajo, echo de menos la rutina, extraño ir al gimnasio, me siento privada de mi libertad, puedo palpar mucho miedo y, a la vez, percibo un peligro inminente en la calle. Pero este distanciamiento ha ayudado a disipar el afán – un privilegio que a lo mejor no habíamos podido disfrutar desde que nuestra edad era de tan solo un dígito. Tener tiempo de aburrirse y pensar, en vez de la rutina del día a día, puede sentirse refrescante a veces. 

Hoy decidí sentarme a escribir un rato porque tengo el tiempo, porque sé que me hace bien y porque me limpia y me sana. Ayer, después de conversar y comparar notas con mi querida amiga de infancia, Vanessa, quien vive desde hace varios años en Panamá, decidimos co-escribir este artículo ventilando nuestras principales preocupaciones que han surgido a raíz de la pandemia y el confinamiento. ¿Qué nos espera una vez pase todo esto? ¿Cómo será el regreso al colegio de nuestros hijos? ¿Podremos ver las cosas de la misma manera, una vez todo esto pase?

Vane, ¿tú qué opinas?

Vanessa: Ay Iva, ¡cuánto te entiendo! Comparto muchas de tus reflexiones y tu sentir. Para algunos este estado catatónico en que nos encontramos debido al temor a ser contagiados, al hecho de no poder ir a trabajar o a la angustia de no volver a llevar la vida de antes, es agobiante. 

Para otros, la ansiedad de no poder salir, pero también de salir (el ahora llamado “síndrome” de la cabaña, que parece no ser un término psicológico oficial), es una contradicción interna constante que los hace patalear fuertemente para mantener la cabeza por encima del agua. 

Por mi lado, siento que los pañitos de agua tibia que por momentos nos brinda esta situación sin precedentes, nos hace sentir que hay una débil y quebrantada luz al final del túnel y que de alguna manera, si nos portamos bien y seguimos las reglas, llegaremos tarde o temprano hasta ella.

Como toda circunstancia, he visto la cara amable de mantenernos en confinamiento, pero también su lado rocoso. Mis días en Panamá, en donde los números de casos de Covid-19 también van en aumento, transcurren en calma, rodeada de mi familia. Extrañamente, duermo mucho mejor que antes, he tenido tiempo de terminar libros que estaban en capilla desde tiempo atrás, me he aventurado a cocinar, algo en lo que jamás pensé incursionar, he podido compartir más con mis hijas, le he metido más el hombro a mi blog y chistosamente, me ha encantado no tener que apresurarme para arreglarme y maquillarme. Además, mis uñas han descansado del pintauñas, (sorpresivamente se ven más sanas y frescas) y así como tú, me he dedicado a planear proyectos a futuro. 

Sin embargo, mi “nueva normalidad” baila como un vaivén de olas que no termina de romper. Me muevo entre las clases en línea de mi hija mayor de 10 años, el Circle Time vía zoom de mis gemelas de 5 y mis deberes caseros, pero contrario a ti, he seguido las noticias y los mensajes en redes, los cuales me han generado una montaña rusa de emociones.

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Las gemelas de Vanessa, Verónica y Carlota, con su proyecto de homeschooling.

Pese a esto, me considero una persona positiva y sé que vamos a salir de esta situación sin precedentes que nos fue arrojada como un balde de agua fría. Mi inquietante pregunta es ¿cuándo volveremos a llevar la vida como la que llevábamos antes? Creo que nunca. 

Y, si bien es cierto que la humanidad ha sufrido pandemias en el pasado, nunca han sido tan globalizadas como ésta. Definitivamente, esto es algo inédito con el que hay que aprender a vivir. De ahí, la incertidumbre que a veces me invade. 

No tenemos un manual de instrucciones que nos brinde la seguridad de poder compartir sanamente nuestra existencia con este virus, cuya cortina de humo, nos mantiene alerta y, a algunos, irritables. Me pregunto si tú y yo nos podremos volver a reunir a almorzar o a tomar un café como cuando llegaba de vacaciones a Barranquilla o como cuando me visitaste desde Boston mientras yo vivía en Londres. 

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Momentos felices con nuestras amigas de cuna en Barranquilla.

También me pregunto si nuestros hijos podrán volver a socializar con sus amigos, si volverán a montarse en un columpio o resbaladero y si disfrutarán la escuela con la misma certeza y sosiego de antes, tal cual lo hicimos tú y yo hasta graduarnos.

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Vanessa y yo cantando y riendo durante un show de preescolar de nuestro colegio.

Estos interrogantes pueden ser abrumadores, pero al menos me reconforta el saber que por el momento me siento a salvo y afortunada. No importa lo tedioso que puede llegar a ser todo el proceso para salir de casa con el tapabocas, los guantes y el alcohol en mano, aún lo tengo todo: agua, luz, comida, un techo seguro y mucho más.

Por eso, no puedo dejar de pensar en todas aquellas personas que han perdido a sus seres queridos en las garras de este invisible enemigo que nos acecha, y en las otras que, pese a encontrarse en buen estado de salud, han perdido sus empleos sin poder ganarse su sustento diario o pagar los gastos que arriban como soplando y haciendo botella. 

Hoy, luego de tres meses en confinamiento, mi mamá me dijo que el mundo se había parado, pero no creo que sea así. Muchos seguimos respirando, las obligaciones y responsabilidades diarias están más presentes que nunca  y nos levantamos cada mañana con la esperanza de que esta pesadilla termine pronto, intentando sobrellevar esta “nueva normalidad” en la que somos novatos y la que de alguna manera, nos permea la capacidad de dimensionar la magnitud de lo que estamos viviendo, porque sí, Iva, creo que, a pesar de que nuestras vidas han dado un giro de 180 grados, aún no hemos alcanzado a calibrar esta situación.

No obstante, esta ralentización que estamos obligados a practicar, nos ha permitido pensar con más calma, a observar en vez de mirar, a escuchar en vez de oír y a recordar, con sentimientos encontrados, nuestra vida de ayer, una que añoramos que regrese y que muchos la caminábamos con indiferencia, porque dábamos todo por sentado. 

Ahora, valoramos nimiedades, como ver un avión en el aire, pero también, nos dejamos sorprender por cada puesta del sol, como pasó hace poco en Barranquilla cuando el cielo se tiñó de una mágica paleta de colores.

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Hermoso atardecer en Barranquilla.

Aquí en Panamá, no ha sido el cielo, pero el mar que me ha ofrecido diariamente un horizonte de azules. Creo que todas estas nuevas experiencias del Covid nos han venido fortaleciendo sin darnos cuenta y nos están ayudando a ser resilientes.

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Los bellos azules del Pacífico panameño.

Me imagino, Iva, que en un futuro estaremos contándole a nuestros nietos, historias sobre cómo enfrentamos la peor pandemia que la humanidad jamás haya vivido.

Ivania: Vane, me produce mucha nostalgia recordar nuestros almuerzos y cafés en Barranquilla y ni hablar de nuestro par de encuentros en Londres cuando yo aún vivía en Boston. 

Yo, al igual que tú, he disfrutado mucho el tiempo de calidad que he pasado con mi hijo – ser su profesora de homeschooling y ver cómo esta experiencia lo ha hecho madurar, es algo que, a mí en lo personal, me ha servido para valorar aún más la oportunidad que tengo de ser mamá. 

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Mi hijo Salim durante su homeschooling.

Por otro lado, he descubierto que, aunque soy capaz de disfrutar de mi propia compañía, la expresión no man is an island (nadie es autosuficiente) no puede ser más cierta. La familia y los amigos son muy importantes y ahora más que nunca. 

Es una verdadera bendición que, tanto tú como yo, podemos pasar esta situación en compañía de nuestros seres queridos. Aunque también es cierto que extraño a mi hermana y a mis amigos más cercanos, sé que solo están a un clic de distancia y esto me hace sentir mejor. 

Comparto eso que mencionas acerca de pensar con más calma y valorar todo aquello que antes dábamos por sentado. Aunque me queda claro que el mundo no se va a acabar, concuerdo contigo en que, llevar la vida como la que llevábamos antes, probablemente no sea posible y que aquel mundo al que estábamos acostumbrados sí se acabará. Este confinamiento es algo que puede terminar en un mes, dos meses o un año, y eso aún no lo sabemos – hay mucha incertidumbre.

Yo por mi parte, quiero aprovechar esta experiencia para crecer, darle valor a aquello que es verdaderamente importante, agradecer por mi salud y todo lo que tengo y, lo que es aún más valioso, seguir sonriendo sin dejar que se entorpezca mi bienestar y el de los míos al aceptar entrar en una burbuja de pesimismo. No quiero perder en ningún momento la esperanza – la esperanza que nos permite ver esa luz al final del túnel y la vida de la misma manera como lo hacíamos antes – regresar a nuestros trabajos, a la rutina y a una vida “normal” tal y como lo eran pre-pandemia.

El blog de Vanessa: http://vanerink.blogspot.com

2 comentarios en “Reflexiones de Cuarentena a Cuatro Manos

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